El juicio, hijo de la amargura, solo que con un traje más bonito. Se disfraza de justicia y rectitud. Se siente con derecho de encasillar a los demás, pero no siente la necesidad de mirarse a sí mismo, ya que se siente superior. Y es que debajo del juicio se esconde imbatible la amargura, el dolor, el resentimiento. Ahí donde los otros me hicieron daño y yo fui la víctima. Es esto lo que me da el derecho a opinar y juzgar incluso a personas que no conozco y que tampoco conozco sus circunstancias. El rol de víctima que me da derecho de apuntar con el dedo, suponer, juzgar, opinar, a pesar que no conozco los hechos. El rol de víctima que me da derecho a enjuiciar y sentenciar a través de una opinión y estar cerrada a las respuestas y defensas. Y es que en el otro veo al que me dañó y no veo a quien realmente estoy acusando. Y es por eso que debemos trabajar en sanarnos, para no cargar culpas y juicios a quienes no corresponde. Porque así como juzgamos nos juzgarán a nosotras.