No hay compasión si no te incluye a ti misma. No hay empatía, si no escuchas también tu propio sentir. No hay cuidado, si no te preocupas de tus propias necesidades también. No hay respeto, si no respetas tus propios límites. No hay calma, si sigues escuchando lo que te intoxica y cayendo en el juicio. No hay verdad si no eres honesta contigo misma. No hay sanación si no curas tus propias heridas. El dar y el recibir, el dar y el darme, siempre deben estar en equilibrio, de lo contrario, se genera una deuda, ya sea a los demás o hacia mi misma.
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- Escrito por: Carmen Stange
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Cuando me ofendo con la inmadurez del otro, es mi niño el que está esperando que el otro sea el adulto.
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Las quejas en redes sociales equivalen al niño que acusa a los demás con mamá o la profesora. Esconde desprotección, frustración, resentimiento, miedo y sentir que no es capaz de resolver la propia vida. ¿Qué heridas o traumas de infancia se esconden detrás de ésto? ¿Qué mandatos familiares no se han podido romper? ¿Qué impide manifestar la fuerza y seguridad del adulto que resuelve ésto en su día a día de manera directa con su actuar? ¿Cuando y donde no se sintió escuchado, visto o reconocido en la infancia? La respuesta más importante siempre está dentro.
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Al ver nuestras cicatrices no es para recordar la herida que las causó, sino para reconocer la fortaleza con que pudimos superarlas y salir adelante.
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La empatía es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. En cambio la intolerancia es creer que se sabe lo que el otro piensa, cree y es, incluso sin conocerle, de esta manera se hace más fácil odiarlo. Más fácil todavía es cuando se pone a todo un grupo, etnia, sector social, etc. en un solo saco homogéneo, para así invisibilizarlos aún más y que se haga natural y hasta odiarlos. Pero al final de cuentas cada persona es un mundo y una realidad completamente distinta. La intolerancia no hace menos humanos a los que no son tolerados, sino a los que no toleran. En cambio la empatía y la compasión le devuelve la humanidad tanto al observado como al observador y eso se logra con un pequeño paso de humildad de reconocer que no tengo idea de lo que al otro le pasa y porqué actúa de la manera que actúa. No soy quien para enjuiciar a nadie. Para eso están las leyes (y la esperanza de que el sistema legal funcione).
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- Escrito por: Carmen Stange
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